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NOVIEMBRE 2007
   

INDOC. Centro de documentación Arte y Naturaleza

     

 

Colección Arte y Naturaleza: los inicios (I), arte público en Alquézar

 
 

Durante los veranos de 1990 y 1991 la villa medieval de Alquézar, en la provincia de Huesca, fue el escenario de varias intervenciones de arte público. Los artistas Javier Elorriaga, Gabriel, Carlos Ochoa, Christine Boshier, Manolo Paz y Javier Sauras dejaron testimonio de su experiencia escultórica en un lugar en el que el arte contemporáneo debía convivir con el respeto a una tradición y cultura arquitectónicas importantes. El éxito de esta iniciativa de trabajo en el medio rural, donde se actuaba artísticamente en relación con el paisaje -en este caso urbano- fue un acicate para la creación, años más tarde, de la Colección-Itinerario Arte y Naturaleza.

 
 

Alquézar es una villa de origen islámico con calles angostas, pasadizos y pasos cubiertos que configuran una trama urbana, apegada a las curvas de nivel de una colina que se halla coronada por un recinto fortificado desde el cual se domina una ceñida hoz formada por el río Vero, que ha labrado un conjunto de cañones y gargantas con un marcado carácter plástico. La fisonomía de Alquézar viene configurada por la silueta de dicha colina en la que destacan tres torres y la silueta de la Colegiata. El conjunto urbano ofrece una visión pintoresca sobre un paisaje agreste en el que los colores ocres de las impresionantes rocas, que se hacen presentes en inmensos acantilados, son matizados por infinidad de discretas manchas de un verde oscuro que aporta la variada vegetación.

El núcleo urbano está formado por casonas de labor construidas en ladrillo, entre las que destacan algunas casas hidalgas que conservan aún vestigios de antiguas construcciones mudéjares. Para este marco urbano realizaron sus obras escultóricas Javier Elorriaga, Gabriel y Carlos Ochoa en el verano de 1990, y Christine Boshier, Manolo Paz y Javier Sauras en el verano de 1991.

La obra que Javier Elorriaga creó en Alquézar lleva por nombre Al-Quasr. Siguiendo las ideas desarrolladas por el arte público, el artista pretendió regenerar una parte del escenario urbano a través de una obra de arte, para lo que eligió un lugar particularmente degradado, un muro ciego construido con ladrillos industriales sin enfoscar, que ofrecía una imagen de deterioro al contraponerse con las antiguas estructuras y formas constructivas del casco histórico. Para realizar su intervención, el escultor eligió un muro situado en una calle estrecha, alejada de toda monumentalidad. Aprovechando una roca existente, que emerge del suelo y del muro, se finge un imaginario acueducto. Una lámina de zinc de color gris hace imaginarnos una montaña en medio de un cielo nublado.

El escultor Gabriel realizó la única obra de este conjunto ubicada fuera del casco urbano que, a modo de mirador, sirve para realizar una interpretación del paisaje. Su escultura La sonrisa del viento hace un guiño al "minimal art". Bajo la forma adintelada de una puerta se sintetizan una serie de ideas, articuladas dialécticamente, que van desde la recreación ideal de un pasado primitivo, relacionando la figura del dolmen con la idea de antigüedad, hasta la pretensión real de acomodar un lugar desde el que poder contemplar un paisaje, el de la propia villa de Alquézar; pasando por las interpretaciones que pueden atribuirse a esta ventana (lugar por el que penetra el viento), con forma de labios que sonríen, desde la que se pueden asomar los espectadores para contemplar el paisaje; o la posible identificación formal de esta obra con una puerta urbana o arco de triunfo desprovisto de monumentalidad, pero necesario para indicar al viajero que el camino que conduce a Alquézar llega a su fin.

El artista Carlos Ochoa crea en una escalinata del casco histórico la obra titulada Punyal pal caid. Se trata de una obra de una amplia estilización simbólica. Su origen iconográfico podemos situarlo en la figura de la peineta, este típico aditamento que, con unas terribles púas, como puñales, se clavan en la cabeza las "madrinas" en Semana Santa o las majas que acuden a los toros. El puñal, como la peineta, son convertidos por Carlos Ochoa en objetos-símbolo, en vehículos que nos transportan a otros territorios, al de la muerte, por ejemplo, y el puñal se metamorfosea en ara conmemorativa o en mausoleo torero. En el caso de esta obra, dado su carácter simbólico, la obra se aleja de la mímesis realista, pero la figura, en parte estilete, en parte peineta y en parte también grada de plaza de toros, conserva los rasgos suficientes como para ser identificada con la función destructora que todos estos símbolos encierran.

Christine Boshier ancla su obra en la pared de un pasadizo árabe de Alquézar. Su obra se caracteriza por el empleo de procedimientos que caracterizan a la construcción en hormigón armado: encofrados, armaduras metálicas y morteros de cemento. La forma que ha empleado en la localidad altoaragonesa se inspiran en motivos arquitectónicos tomados del lugar, como son la representación de estas siluetas de puertas con arcos de medio punto que configuran dos de las caras del triedro que forma su escultura. Con ella se recupera un lugar específico de la villa en el que una tremenda roca que emerge del suelo invalida un rincón del pasadizo. La obra, como un altar con retablo, se ciñe al rincón y se ofrece como mesa sobre la que depositar objetos y cargas o como un escaño sobre el que poderse sentar. Su posición en un rincón, oculto desde la parte alta del pasadizo, la convierte en una obra sorpresiva.

Saludo a Alquézar es la obra que el escultor gallego Manolo Paz ubicó en una empinada cuesta de Alquézar. De carácter simbólico, la obra es una protoforma esquemática, que recuerda a una figura ritual. Clavada en un muro de mampostería que se ve sobrepasado por la vegetación, la obra emerge como una capilla mural de piedra arrancada a la tierra, en la que se pueden apreciar las huellas de los taladros que la separaron de su lugar. En esta losa se abre una pequeña ventana, con dos hojas como páginas de un libro, tablas de una ley primitiva, de las que irradia un halo maravilloso. En la noche una luz de esperanza saluda tenuemente al caminante que recorre la cuesta.

Por último, Javier Sauras realizó la escultura Trillo de estrellas en un pasadizo de la localidad. Se trata de una obra en madera que, colgada de un muro, cuenta con un claro despiece geométrico: triángulos, trapecios y otras figuras más complejas, pero de silueta netamente rectilínea y angular que se organizan según una estructura sin reglas aparentes, libre y expresiva, podríamos decir que la obra es casi un gesto congelado. El nombre de la obra delata la intención del artista: unir dos mundos que se dan la mano sólo en lugares como Alquézar, el cotidiano y material, representado por el trillo, uno de los emblemas del trabajo rural, y el poético, surgido de la contemplación de esa naturaleza que tan generosamente se encuentra en esta localidad. Ese mundo poético está aquí encarnado por las estrellas que son representadas, en las iconografías, como figuras instrumentales: carros, vasijas, balanzas. El lugar elegido para su ubicación es un lugar degradado del casco histórico, donde se pueden encontrarse materiales prefabricados, cables que circulan por la pared, lo que posibilita que la propia obra destaque sobre el conjunto.

Sobre toda esta experiencia, la Diputación de Huesca editó un libro escrito por Javier Maderuelo, Catedrático de Arquitectura del Paisaje de la Universidad de Alcalá, que no sólo es importante por la descripción de las obras anteriores sino porque contiene una introducción imprescindible para entender el concepto de "arte público" y su evolución posterior.

Este libro se encuentra disponible en el INDOC, Centro de documentación Arte y Naturaleza del CDAN.

 

Más información


Fuente: CDAN y textos publicados en el libro Arte Público, escrito por Javier Maderuelo y editado por la Diputación de Huesca en 1994.

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